LA MUELA DE SAN JUAN
El Hº Fabián Quílez, salesiano, natural de Cañizar del Olivar y residiendo actualmente en Urnieta (Guipúzcoa), gran amante de las cosas de su pueblo, nos envía para su publicación el siguiente artículo.
A vosotros me dirijo, ausentes, que arrastráis una pesadísima carga de angustias y quebrantos en la cotidiana agitación de la vida laboral : la contaminación, el ajetreo y las prisas por todas partes, propias de la ciudad.
Os invito a contrarrestar toda esa carga que gravita sobre vuestros pulmones, a que la transforméis y le deis un profundo lavado con el aire de estos montes, por el camino que conduce a la Muela de San Juan.
- ¿ Me acompañas?.
- - Sí !
- - Mañana a las ocho en el Planillo.
- - No faltaré, no!.
Salimos a la hora fijada con nuestro compañero, el bastón con el regatón de hierro, el morral repleto y, charra , charra, camino adelante; frente al cementerio paramos para rezar por los difuntos que en él reposan, y seguimos la marcha.
A ambas partes del camino los campos del Legío nos conducen al barranco de la Idesilla, unos frondosos chopos nos brindan amena sombra. La dejamos para otra ocasión.
Tomamos el camino de la derecha. Otro riachuelo, cuyas aguas cargadas de herrumbre, rojizas de las filtraciones de las cenizas del carbón, van dejando a la orilla del riachuelo una mancha rojiza amarillenta como de azufre y sal muera. El camino, de tierra cenicienta, extraída de las entrañas del monte por la mina, que al contacto de los rayos del sol se calcina en tierra parásita sin producción alguna, ni vegetación.
Una ligera rampa inclinada nos sorprende con una junquera a ambos lados del camino. Un pequeño pilar y a su pie brota por un tubo, agua cristalina, pura y fresca: es la fuente Miguel. Damos un tiento al morral y tras un ligero descanso, proseguimos la marcha.
Senda estrecha y tortuosa, cubierta de punzantes aliagas y de espinos, espliego y tomillo florido que perfuma la campiña. En mi niñez toda aquella ladera eran frondosas viñas, campos de hermosos trigales, garbanzares, quijas y guisantes. Hoy desolación. Paredes derruidas, tollos en los campos, punzantes aliagas, espliegos y cabezuelos.
Seguimos senda arriba. Descarnada de la tierra aparecen las rocas como raíces de la gran muela que con ansias deseamos coronar.
El sol ya se va sentando sobre nuestras espaldad, nos aligeramos de ropa y de lleno en la fragosidad del pleno monte montarza, caminamos en compañía de los consabidos pinchados de las aliagas y espinos. El espliego y el tomillo nos alegran con su aroma embriagador.
Llegamos a la cumbre, nos admira la planicie, sobre dos kilómetros de largo por uno de ancho. Su pequeña charca para abrevar el ganado y, a lo lejos la hermita de san Juan, blanca como una paloma.
- Cómo te sientes de respiración?
- Estupendamente. No siento ninguna fatiga. Respiro perfectamente.
- Pues ya sabes el remedio. Salida al monte a diario.
Llegamos a la ermita y tras ojear por la rejilla y proferir una oración no acomodamos a la sombra del muro de la ermita y le damos un buen tiento al morral. Nos tumbamos sobre el duro suelo entregándonos al descanso. Nos despedimos del santo con un padrenuestro para que siga protegiendo la campiña. Emprendemos la bajada.
Ya que conoces la ermita de San Juan, te voy a contar un prodigio "La comarca sufría una gran sequía. Los campos medio secos, los montes abrasados por el sol. Se presentaba una gran ruina. En la parsimonia del dolor y catástrofe que se avecinaba determinaron subir en rogativa penitencial a la ermita de San Juan.
Todo el pueblo hábil se congregó en la Iglesia. Tras breve exhortación del Señor cura, se organizó la marcha de rigurosa penitencia. Fuera de la Iglesia se descalzaron. En una mano las alpargatas y en la otra pasando las cuentas del rosario, caminaban así hasta llegar al barranco de la Idesilla, donde se calzaron. Pasaron la fuente Miguel que apenas goteaba. Se cantaron las letanías de los Santos: Santa María, ruega por nosotros y mándanos el agua, y así todas las demás invocaciones. En la ermita se celebró la Misa con gran devoción de los fieles. Tras un ligero desayuno empezaron de nuevo la bajada y también las cuentas del rosario se deslizaban por los dedos. Ya dejaban la fuente Miguel atrás y, cruzados los barrancos, se descalzaron de nuevo y a voz en grito contestaban : San Juan, envíanos el agua.
Una nubecilla blanca aparecía por las Entecíllas que gradualmente se agrandaba y a la par se obscurecía cubriendo gran parte del término. Los peregrinos llegaban a la Iglesia y la nube empezó a dejar caer su preciosa carga que en lluvia suave y continua empapó la tierra. Los campos recobraron su verdor y los trigo su lozanía. Se había salvado la cosecha.
Ya llegamos a la fuente Ortiz, pequeño manantial al que hay que rendir vasallaje. Rodilla en tierra, nos inclinamos hasta llegar con la boca a saciar la sed, que la agreste bajada nos produjo.
Boletín Parroquial de finales de 1979
Este manantial se puede calificar como los oasis del desierto, porque está en un paraje de monte alejado del pueblo. Una balsa recoge el agua que brota al ras del piso que luego regará el campo que en un pequeño pago está situado. En sus márgenes hay frondosos árboles frutales, manzanos, perales, cerezos, ciruelos, higueras, que protegen las hortalizas que en la tierra se cultivan.
Tomamos asiento para apreciar la inmensa panorámica que se detiene ante la vista: término de Estercuel , el pinar, la Codoñera.
- ¿Cómo van las piernas ?.
- - cansado, no me encuentro muy ágil.
- - Es el ácido úrico que por los poros ha salido al exterior debido al aire puro de la altura del monte de la Muela de San Juan.
De nuevo la marcha. Un pequeño repecho y una sorpresa: una corraliza y ante ella un pilón de reciente construcción. Sale el agua por un tubo, fresca y cristalina, que invita a tomar asiento y dar un tiento al morral. Tras este refrigerio proseguimos la marcha.
A pocos pasos nos hallamos en el Collado del Val, vista agradable. Las Rejoyas con exuberantes cepas, las choperas del río y los campos verdes de hortalizas. Hasta se ve por el barranco del pinar un trozo de carretera, por donde acierta a pasar un camión de carbón, y más lejos, Las Peñas Avellas con el barranco Juana, los robles con sus silenciosas minas de carbón.
Seguimos el camino más amplio, con menos piedras, lo que indica que es más frecuentado. Un ligero manantial encharca el camino, saltando de piedra en piedra y nos paramos para admirar el zarzal que, cuajado de negras moras, nos invita a probarlas. Son dulces como la miel.
Nos entretenemos unos minutos. Unos pasos más y la fuente Villar. Nos aposentamos y damos fin al morral contemplando el panorama del pueblo, las rocas del Pozo, las huertas, huertas de las Balsillas, las Claveras y la Cantalera. Nos decidimos a tomar la senda de bajada que cubierta de matas de regaliz, obstaculizan la marcha. Pero nuestras piernas pueden con todo y nos hallamos en el camino. Pasamos el puentecillo y en San Valero estamos, por lo tanto, en el pueblo.
- Ha resultado un excursión preciosa.
- La próxima ¿ cual será ?
Boletín Parroquial de finales de 1979. Fabián Quilez
Boletín cedido por Francisco Muniesa