NUESTRA TIERRA

Me dirijo a los que peinan menos de cuarenta años.

Es sin duda notorio que la iglesia de Cañizar es esbelta y acogedora, con su magnifica fachada de estilo renacentista, con su torre de asiento básico cuadrangular labrada en piedra noble y rosada, extraída de la cantera de la Cantalera. Forma toda ella un conjunto agradable y artístico.

La altura de su torre remata en pirámide, cuyos vértices se unen en una esfera de la cual arranca una monumental cruz de hierro forjado. Por su altura es el pararrayos protector de las humildes casa, que apiñadas se acogen a su sombra.

Esta Parroquia de Cañizar tenía la inmensa gloria de poseer los estandartes más altos del mundo. Eran tres. El rojo, en seda, lo llevaban los mozos y el asta medía sus doce metros. El verde, de una altura de trece metros, pertenecía a los casados. El asta del blanco era tan alta, que hubieron de cortarla casi dos metros para poderlo transportar por dentro de la iglesia: segura que llegaría a los quince metros.

Se sacaban en las procesiones de fiestas importantes: cinco hombres para cada estandarte. Para sacarlos de la iglesia dos hombres; y los otros tres con sus respectivos cordones por el pasillo central se aproximaban hasta el altar, lo inclinaban apoyando sobre el brazo izquierdo y con la otra mano en unión del otro sosteniendo el equilibrio del contrapeso hasta sacarlo fuera, donde los colocaban recostados sobre la pared de la iglesia hasta que se organizaba la procesión.

Uno de los más robustos y de buena estatura lo tomaba, y alzándolo sobre la pared, se lo colocaba en la faja de la cintura y los de los cordones sostenían el equilibrio para que no se inclinase a ninguna parte. sE necesitaba pericia para manejarlos.

Nombro algunos de ellos, y me dispensarán los familiares si aparecen por el apodo: el tío Juanazas, hombre fuerte y robusto, el tío Tomasé, el tío Fabián el Leal, los Juanramones, el Peleira, los Victorianos y otros varios. Todos ellos prácticos en el manejo de los mismos. Si soplaba viento hacían falta buenos brazos y robustos con serenidad para sostener el vaivén de los seis metros de tela, que producía un desequilibrio al balancearse por el viento.

El entusiasmo, el amor a la tradición y la fe con que se festejaba el Santo, hacían que toto sacrificio fuera poco.

¡ Qué preciosidad de pinar en aquellos tiempos el de la Mequitilla, donde creían tan esbeltos y rectilínios pinos! Los estandartes fueron cortados del Bago del Curico .

Para sostenerlos, frente a las columnas de los últimos bancos estaban clavados en el suelo dos fuertes maderos, que sobresalían un metro del piso, a la altura de un palmo, una bisagra de fuerte plancha de hierro y otra en la parte de arriba sostenían los clásicos estandartes.

El blanco como tenía más altura se colocaba en el segundo banco de la izquierda, frente al altar de la Purísima, también con su soporte, de modo que quedaba dentro de la "media naranja".

Otro detalle de la solemnidad de la fiesta, era sacar los gruesos hachones, que casi no se abarcaban con la mano, desde el Santus hasta después de la Comunión. Para ello había un encargado de entregar el roquete sin mangas, que suspendido sobre sus hombros con dos cintas, llevaban con gran religiosisdad, salían de dos en dos, genuflexión al frente del altar y seguían pasillo atrás según los que formaban. A los fieles se les entregaba una vela, que tenían encendida hasta la terminación de la comunión.

Por Pentecostés se mal no recuerdo, se bajaba al Convento a celebrar la fiesta de la Virgen. Concurría casi todo el pueblo y por tanto los estandartes no podían faltar.

Se salía del pueblo en devota procesión hasta el pilón de San Valero (hoy desaparecido); de allí en adelante en amena conversación, los estandartes arrollados al mástil, los dos individuos se lo ponían al hombro hasta llegar al molino de Estercuel, donde de nuevo se organizaba la procesión al pasar el pueblo.

Era un espectáculo para los estercolinos ver como pasaban los estandartes por los arcos que había al entrar y al salir del pueblo. El tío Tomasé advertía: ¡ Cuidadico que no se nos rían!" y los estandartes majestuosamente se inclinaban como saludando reverentemente a la Virgen del Carmen, a quien estaba dedicada la puerta de entrada al pueblo.

Los cañizaros absortos en sus rezos del rosario con voz sonora y grave, cruzaban el pueblo dando ejemplo de religiosidad. Pasado el pueblo de nuevo se disolvía la procesión y de nuevo los estandartes sobre los hombros. Había que cruzar el río por lo menos tres veces, saltando sin mojarse de piedra en piedra. Las piedras eran gruesas. Hoy se llega en coche ¡progreso! Llegados a la cruz (hoy derruida) que majestuosa se levantaba en medio de cuatro cipreses y anunciaba la proximidad del Santuario de Nuestra Señora del Olivar, se organizaba la comitiva y nuevamente los estandartes eran objeto de atención. Flmeando al viento su brillante seda entre los milenarios olivares, se doblan hasta el suelo para pasar por la puerta monacal y son colocados uno a cada lado de la puerta de la iglesia.

Los hombres sacaban los hachones de las cajas que portaban dos caballerías y tras breves saludos a la Comunidad comenzaba la Misa con la mayor solemnidad. Una vez terminada, suda al camarín para besar el pie de la Patrona de la Comarca y desbandada por la chopera del margen del río para dar fin a la abundante merienda.

A las cuatro, el canto de la Salve, el beso de despedida y de nuevo río arriba. El mismo rito al pasar por el pueblo de Estercuel. Llegados al término de los dos pueblos, que creo se llamaba el prado de San Miguel, por la columna del mismo, se paraba para dar fin al resto de la merienda. Libres de tan engorroso bulto, seguían hasta el pueblo, terminando con otra salve a Nuestra Señora de la Asunción.

Fabián Quilez

Boletín Parroquial de Cañizar del Olivar año 1982-83-84 ¿??

Boletín cedido por Francisco Muniesa